Archivos para max stirner

Max Black y Bob Stirner

Posted in Literatura with tags , , , , , , , , , , on 17/04/2013 by La cara de Milos

Stirner y Bob Black. Me parece a mí que no es casualidad que Pepitas de Calabaza haya editado los Escritos menores del primero y una nueva edición de La abolición del trabajo del segundo casi de seguido, porque Bob Black no sería quien es, no escribiría como escribe y no pensaría como piensa si Max Stirner no hubiera escrito, hablado y pensado jamás. No en vano, cuando Murray Bookchin, en Social anarchism or lifestyle anarchism: an unbridgeable chasm, criticaba el nuevo anarquismo, ese en el que se encuadra Bob Black y que se ha convenido en denominar como anarquía posizquierda, una de las taras filosóficas que les recriminaba era ser stirneristas: haber dejado que el anarquismo individualista de Max Stirner les alejara de la verdadera revelación de la anarquía que solo él conocía. La respuesta de Bob Black ya se sabe cual fue: publicar Anarchy after leftism, obra que da nombre a la anarquía posizquierda, y en la que refutaba y ridiculizaba punto por punto a Bookchin.

Volviendo a la cuestión inicial, primero salió a la venta La abolición del trabajo de Bob Black a un precio muy asequible, muy de agradecer, sobre todo teniendo en cuenta las mimadas ediciones que publica la editorial logroñesa, cuyo tamaño, color e impresión provocan un disfrute no solo intelectual, sino también visual y táctil. Traducir a Bob Black es arto difícil, ya que utiliza muchos juegos de palabras en inglés, slang americano corrosivo e ironías que solo obtienen su pleno sentido en la lengua de Homer Simpson, pero Pepitas de Calabaza nos brinda, sin duda, la mejor traducción que se ha hecho al castellano de su incendiario ensayo/panfleto de 1985. En él, Black ejecuta sin compasión el pilar sobre el que descansa la política, la sociedad y, sobre todo, la economía de cualquiera de los modelos de sistema que se hayan inventado —ya sea en las entrañas del capitalismo parlamentario o en los intestinos del socialismo del siglo XXI— esto es: el trabajo; esa molestia que nos acompaña cada día, esté mejor o peor pagada, y que aceptamos solo por inercia histórica. Para esta esclavitud pagada, Bob Black no tiene compasión:

«Somos lo que hacemos. Si hacemos un trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que acabemos siendo aburridos, estúpidos y monótonos. El trabajo explica mucho mejor el creciente cretinismo que nos rodea que mecanismos de idiotización tan relevantes como la televisión y la enseñanza. Las gentes cuya vida transcurre sometida a un control flexible, entregada al trabajo en cuanto terminan los estudios, y encorsetados por la familia al principio y por la residencia de ancianos al final, está habituada a la jerarquía y se encuentran psicológicamente esclavizadas.»

Lo mejor de todo es que Black ofrece su propia alternativa: el juego productivo —que oscila entre lo utópico y lo posible—, donde al trabajo lo sustituyan actividades divertidas y relajadas que generen las necesidades básicas de los seres humanos. La edición es sublime, salvo por dos aspectos: 1) la nota 2 del traductor, Julius Van Daal, es errónea: los libertarios en Estados Unidos no son una rama de los republicanos, sino un partido por sí mismo fundado en 1971, el Partido Libertario (Libertarian Party) que el mismo Bob Black definió, más o menos, como «republicanos gays que fuman porros»; y 2) el epílogo de Julius Van Daal que, queriendo imitar la frescura y la originalidad de Black, no le llega a la suela y acaba por rebuznar unos cuantos dogmas jipiescos sobre la armonía con la naturaleza y otros sentimientos del anarquismo más tradicional.

la-abolicion-del-trabajo-xl

Y, un mes después de La abolición del trabajo, Pepitas de Calabaza, en su empeño por no dejar que nuestra mente se duerma en los laureles, editó una pequeña antología de textos de Max Stirner, bajo el título de Escritos menores. Stirner, el fundador del anarquismo egoísta, variante bastarda del anarquismo individualista, fue hombre de una sola obra, El Único y su propiedad, pero también escribió otros artículos y textos de menor importancia editorial (la mayoría artículos periodísticos o académicos), aunque no por ello menos interesantes o lúcidos. En este caso, los más destacables, en mi opinión, son: «El falso principio de nuestra educación, o humanismo y realismo», «Sobre la obligación de los ciudadanos de pertenecer a alguna confesión religiosa», «La libertad de oír», «Los recensores de Stirner» y «El mandato revocable».

escritos-menores-9788494029691

A lo largo de estos textos, Stirner expone, con su habitual perspicacia y su aplastante lógica, la opinión que le merecieron temas como la educación, la religión, el arte, la libertad de expresión o el desempeño de la política, así como se defendía de las criticas vertidas sobre El Único y su propiedad. En eso no hay nadie como Stirner. A veces puede parecerte tautológico, muy tautológico, o que lo que has entendido es demasiado simple como para haberlo dicho un filósofo: pero así es; no necesitaba exponerlo con sutileza intelectual. Así lo hace en «El falso principio de nuestra educación, o humanismo y realismo» cuando dice que el «el hombre libre», «el hombre verdadero» no lo crea la escuela, sino que existe «a pesar de la escuela». No menos genial es su planteamiento (oigan bien, en la primera mitad del siglo XIX) en «El mandato revocable» de que «(…) el diputado individual no es un representante del pueblo entero, sino un representante de sus votantes» y que si hace mal su trabajo no habría que esperar a nuevas elecciones sino revocar su cargo. Pero, sin duda, mi favorito es «La libertad de oír», pues en él, la ácida ironía de Stirner (de la que Bob Black es heredero directo) se mezcla con su sorprendente agudeza política; el planteamiento es sencillo y sigue siendo aplicable hoy en día: cuando la censura actúa no solo coarta la libertad de expresión del escritor, músico, cineasta o artista, sino que cohibe miserablemente la libertad de oír (leer, escuchar, ver…) de cualquiera de nosotros, perpetuando una actitud paternalista e incomprensible. Simplemente delicioso.

Sin más, solo me queda felicitar a Pepitas de calabaza y conminarles para que sigan con su labor editorial, porque es necesaria y bella.

¿Conoces a Bob Black?

Posted in Literatura, Miscelánea with tags , , , , , , , , , , , , , on 13/03/2013 by La cara de Milos

Parafraseando el título de aquel bodrio fílmico que se estrenó en 1998, la intención es presentaros, con gusto, a Bob Black, un escritor, pensador, filósofo (o como queráis llamarlo) que es uno de los máximos representantes de esa nueva corriente anarquista que se ha denominado anarquía posizquierda (o anarquismo posizquierdista, posizquierdismo) y de la que también forman parte el casi místico Hakim Bey o Jason McQuinn, y que tiene su origen en Estados Unidos.

A grandes rasgos, la anarquía posizquierda pretende dejar atrás, superar filosófica y políticamente, la relación que unía a la anarquía con las características tradicionales de la izquierda política. Así, frente al colectivismo y la obsesión por las organizaciones (sindicales, políticas) anteponen el individualismo (el derecho de una persona a que su opinión no se vea silenciada dentro de una homogeneización ideológica); son críticos feroces de lo que consideran anarquismo autoritario u otras clases de izquierdismo autoritario (feminismo, sindicalismo) y de su moralidad; creen obsoletos los métodos tradicionales de protesta (como las huelgas); son insurreccionistas; y son enemigos de cualquier ideología al entenderla como una forma de dominación intelectual. La influencia de Friedrich Nietzsche, pero sobre todo de Max Stirner, es omnipresente, y su punto de partida principal es dejar claro que lo que distingue a la anarquía de otra filosofía política es su negación y desprecio hacia el estatismo.

Y Bob Black es, sin duda, una de sus cabezas más visibles, uno de los autores más prolíficos e influyentes y, también, el más polémico, bien por sus obras bien por su comportamiento, tanto que se le ha llegado a definir como «una cuerda tensada sobre el abismo que existe entre Friedrich Nietzsche y Sid Vicious». Yo he tenido la suerte de tener una novia cojonuda que me ha regalado tres de sus obras más representativas las pasadas navidades, y las reseñaré someramente. Después, os contaré el escándalo en el que se vio envuelto Bob Black.

En primer lugar, hay que señalar que Bob Black (abogado de profesión, aunque pocas veces ha ejercido la abogacía) es considerado como el azote del mainstream anarquista; vamos que es el crítico de los que se supone son los antisistema. Tal es así que sus enemigos (como él los denomina) han corrido bulos del tipo de que es un agente infiltrado del gobierno estadounidense para desestabilizar los movimientos sociales. La realidad es que de lo único que se le puede acusar a Bob Black es de ser consecuente y coherente con lo que escribe, dice y piensa y de ser bastante cabrón, egocéntrico y tecnófobo (aunque todo esto se desprende de su coherencia).

200px-Bob_Black_(2011_BAAB)

Robert Charles Black Jr.

Una de las propuestas más orginales de Bob Black es la de la abolición del trabajo, que se engloba en el movimiento Zerowork (podríamos traducirlo libremente como «Nada de Trabajo»). De hecho, uno de sus textos más conocidos se denomina precisamente así: The abolition of work («La abolición del trabajo», 1985), un ensayo corto que la editorial Loompanics Unlimited publicó junto a otros de sus escritos y que podéis encontrar aquí (es el único de sus textos publicado en castellano). En él, Bob Black expone su crítica al trabajo como forma de organizar la producción de la sociedad, empieza diciendo «Nadie debería trabajar» y termina con «Proletarios del mundo descansad»; en lugar del trabajo, propone el «juego productivo» (productive play) que sería una manera divertida, no opresiva y relajada de hacer que una sociedad genere bienes y consumibles. Bob Black lo tiene claro, la verdadera anarquía tiene que prescindir del trabajo, a diferencia de lo que hacen el capitalismo, el comunismo o el socialismo que, en ese sentido, son completamente iguales, ya que organizan su producción mediante el trabajo asalariado. Por ello, Bob Black denomina a los sindicalistas anarquistas, comunistas o socialistas como workerists (algo así como «trabajadoristas» o, mejor, «defensores del trabajo»), y los considera tan enemigos como un patrón capitalista.

Otros escritos relativos a la abolición del trabajo aparecen también en Friendly Fire («Fuego amigo», Autonomedia, 1992) como No future for the workplace («No hay futuro para tu lugar de trabajo») en el que Black, por ejemplo, consciente de que la abolición del trabajo es un proyecto a largo plazo, da unas pautas de cómo pueden hacerse acciones de sabotaje contra el mismo: absentismo, robar bienes o aprovecharse de servicios de quien te ha contratado, ser perezoso y desatender tus funciones (lo justo para que no se den cuenta y te echen) o drogarte durante tu jornada laboral para hacerla más llevadera. Friendly fire es una recopilación heterogénea de escritos de Bob Black: los hay sobre la abolición del trabajo (académicos o no), sobre su crítica a lo que él denomina feminismo autoritario, textos más literarios (cuentos), transcripciones de algún juicio en el que se le había incriminado o algunos de los pósters que ha creado para distintas ocasiones. Contra el llamado feminismo autoritario (ese que te acusa de machista o sexista por decir «polla» o que una mujer «está buena») Black defiende que «El matriarcado es tan diferente del patriarcado como la Coca Cola de la Pepsi» y se esmera en denunciar la hipocresía de observar la pornografía como una explotación de la mujer puesto que en la industria hay envueltos hombres y mujeres heterosexuales, gays, lesbianas, transexuales… Otras partes de Friendly fire reúnen neologismos que él mismo ha inventado como evangelatinoso, insurrectomía, profesórdido o masturbulencia, las cuáles no define pero cuya invención hace ya mucha más gracia que las que se inventa el tonto de Luis Piedrahita en El Hormiguero.

Friendly fire se hace muy ameno de leer, sobre todo por su salto constante en las temáticas y estructuras de los escritos, y es una perfecta introducción para comprender la forma de pensar de Bob Black, su planteamiento posizquierdista y para ser testigo de su estilo mordaz, caústico, belicista y, por qué no, arrogante.

DSCN5638

Beneath the underground («Bajo lo underground», Feral House, 1994) es un libro en el que Bob Black muestra su extenso y profundo conocimiento del mundo de las publicaciones subversivas, alejadas del mainstream, para los que Bob Black acuñó el término de marginals milieu («medios marginales»). No necesariamente tiene que ser un fanzine local con una tirada de veinte números, también puede ser un artículo académico que se considere que no encaja en la corriente de pensamiento habitual y normativizada, o incluso una edición de la poesía de Catulo con una traducción más explícita que otras. No obstante, esto no es impedimento para que Bob Black lo flagele, que es lo que ocurre con muchos de estos fanzines, revistas, libros o programas de radio, los cuales han conocido su furia ácida. En esencia, se trata de una recopilación de reseñas con un texto introductorio en cada capítulo en el que Black considera alguno de los aspectos de los medios marginales.

De este modo, nos cuenta cómo desde varios medios marginales surgió una iniciativa que le ganó una batalla a la Moral Majority de Jerry Falwell (pastor evángelico y telepredicador que murió en 2007), una organización ultraconservadora y fundamentalista cristiana que alcanzó su máxima influencia durante los gobiernos de Ronald Reagan, George Bush padre y George Bush hijo. El ataque, conocido como The Falwell Game, consisitió en que varios fanzines publicaron instrucciones sobre cómo perjudicar a la Moral Majority (que, entre otras cosas, condenaba públicamente la homosexualidad), bien llamando a su teléfono gratuito y dejando descolgado el auricular o haciendo pedidos de biblias gratuitas por miles: al final la Moral Majority perdió una cantidad considerable de dinero.

Pero en otros casos, Black no es tan considerado, como cuando reconoce que «los anarquistas son los primeros -si no los peores- enemigos de la anarquía» o como cuando analiza el artículo académico de Norreida Reyes sobre el Imperio songhay. En este último ejemplo, Reyes, afroamericana, escribió un artículo en el que defendía que no todos los antepasados de los afroamericanos eran «primitivos», y pone como ejemplo al Imperio songhay, que se extendió por África occidental desde el siglo XV al XVI. Para Black muchas de las cosas que afirma Reyes son erróneas, absurdas y racistas, y están cargadas de una estúpida e infundada etnomanía; no solo manipula la historia (Reyes afirma que el Imperio songhay fue más grande que Europa, lo cual no es cierto), sino que también hace un uso abusivo del término hillbilly, que traducido sería algo así como «rústico» o «paleto» y que en Estados Unidos es igual de peyorativo que nigger («negro») o wetback («espalda mojada», para referirse a los mexicanos) solo que usado para los blancos rurales, a los que Reyes considera inferiores que el Imperio songhay. Además, Bob Black señala, muy acertadamente, que no entiende cómo un gobierno despótico, una religión organizada (islam), un sistema de clases basado en la esclavitud, la guerra y el imperialismo (principales características del Imperio songhay) son una mejora frente a lo que Reyes denomina primitivismo. No creo que Reyes se haya atrevido a escribir más.

Tampoco Ace Backwords sale bien parado en el análisis de Bob Black. Backwords es un viñetista que dirigió un tabloide punk en el que entrevistó a Jello Biafra, Johnny Rotten o Charles Bukowski, entre otros, pero para Black «Él no es un punk, es un hippy. Pero no un hippy de los sesenta, sino un hippy comebolsas de los setenta. Es el tipo de hippy que los punks fingen que quieren matar.» Otros medios marginales, como la editorial Loompanics Unlimited (que publicó La abolición del trabajo y otros ensayos de Bob Black) salen mejor parados, y Black disfruta desgranando su catálogo, un catálogo en el que existen títulos como Secretos de la producción de metanfetamina, El derecho a ser avaricioso, Sobrevivir en la cárcel o El arte y la ciencia de buscar en la basura, pero donde sobre todo abundan los títulos del tipo Cómo…; así, encontramos Cómo evitar una condena por conducir borracho, Cómo poner en marcha tu propio país, Cómo recolectar deudas ilegales o Cómo venderte a la ciencia.

En Beneath the underground, por reseñar, Bob Black reseña hasta la novela semiautobiográfica que escribió Joseph Goebbels.

DSCN5639

El último libro a reseñar de Bob Black es Anarchy after leftism («Anarquía después del izquierdismo», 1997, C.A.L. Press). En él, Black expone, no muy categóricamente, lo que es el anarquismo posizquierdista. Y digo no muy categóricamente porque el libro, de formato académico, está escrito a modo de refutación de una obra del que fue gurú del anarquismo estadounidense, Murray Bookchin, titulada Social anarchism or lifestyle anarchism: an unbridgeable chasm («Anarquismo social o anarquismo de estilo de vida: un abismo insuperable») en la que criticaba el nuevo anarquismo heterodoxo que estaba surgiendo, especialmente el anarquismo individualista del tipo posizquierda.

Bob Black le ataca sin compasión (Bookchin moriría nueve años después, con ochenta y cinco años) desde el primer capítulo, titulado «Murray Bookchin, viejo cascarrabias», en el que expone que la mayor parte del enfado de Bookchin ante el surgimiento de nuevas formas de anarquía se reduce, básicamente, a que le han impedido convertirse en el líder de su propio movimiento, el socialismo ecológico, y ejercer su autoridad. Black, que se refiere sarcásticamente a Bookchin durante toda la obra como el decano, resume esta idea muy bien al decir que «Lo que el decano no había previsto era que los anarquistas leyeran más allá de sus obras y, mucho peor, que pensaran por ellos mismos.» Al más puro estilo de la lógica aplastante de Stirner, Black también argumenta que si de verdad Bookchin piensa en crear un nuevo tipo de sociedad no entiende como su máster en Socialismo ecológico tiene un precio que solo los hijos de la elite social pueden pagar, mucho más cuando él critica al anarquismo individualista de yupi.

Tal vez, la refutación más estridente la hace Black en el capítulo «Murray Bookchin, estatista municipal». Una de las propuestas que mayor eco encontraron de Bookchin fue su propuesta de sociedad basada en el municipalismo, es decir, la vida productiva y social organizada en torno a pequeños núcleos poblacionales independientes sin necesidad de englobarse dentro de un estado. El problema es que este municipalismo no es muy distinto de las ciudades-estado de la Grecia clásica, es decir gobiernos: estados. De este modo, Bookchin sería un estatista, es decir, lo contrario a ser anarquista. Black lo observa de esta manera:

«No hay necesidad de postergar más lo inevitable. Ha de ser dicho: el decano Bookchin no es un anarquista. Con esto no quiero decir que no sea el tipo de anarquista que yo soy, aunque esto sea verdad. Quiero decir que no es ningún tipo de anarquista. Anarquismo significa algo, al fin y al cabo, y es la negación de la necesidad y la conveniencia de gobierno (…) Un anarquista se opone al gobierno, punto final. El decano Bookchin no se opone al gobierno. Consecuentemente, no es un anarquista.»

En fin, he resaltado lo que a mí más me ha llamado la atención, pero la realidad es que Bob Black reventó con lógica aplastante los planteamientos de Bookchin en Social anarchism or lifestyle anarchism: an unbridgeable chasm.

DSCN5640

Y ahora llega la parte más polémica, si cabe, de Bob Black.

Principalmente, todo se reduce a su altercado con Jim Hogshire, un escritor de Loompanics Unlimited. En lo que todas las partes coinciden es en que Bob Black había sido invitado a Port Townsend (sede de la editorial) por Loompanics Unlimited en 1996 para escribir una historia sobre su funcionamiento interno. El problema era que tenía que pasar un par de días en Seattle, por lo que Loompanics le pidió a Jim Hogshire que le diera cobijo en su casa. Hasta aquí todos coinciden. Pero después, cada uno da su versión. Según Jim Hogshire, Bob Black se habría emborrachado y habría tocado el culo a su novia, por lo que él le encañonó con una escopeta y le echó de su casa. Sin embargo, según Bob Black, Jim Hogshire ni siquiera fue a buscarle al aeropuerto, sino que envió a su mujer (a la que según Black tenía esclavizada), y que, además, le confesó que se había convertido al islam y comenzó a realizar declaraciones fanáticas, a lo que Black trató de rebatirle. Tras esto, cuenta Black que Hogshire (adicto al opio) le encañonó y le dijo que se marchara de su casa, a lo que este accedió, pero, ante las prisas de Hogshire y su nerviosismo con la escopeta, Black cogió a la novia de aquel y la utilizó de escudo humano (lo reconoce el propio Black), algo que a Hogshire no pareció importarle. Sea como fuere, Black se marchó de la casa. Lo gordo vino después, cuando la División de Narcóticos de la Policía de Seattle se presentó en casa de Hogshire en busca de opio; Bob Black informó a la policía que Hogshire, autor de un libro titulado Opio para las masas, tenía una gran plantación en opio en su casa, probablemente para producir heroína. El resultado fue que arruinó la vida de Hogshire, ya que, a pesar de ser puesto en libertad, se ha visto acosado permanentemente por la policía e incluso fue abandonado por su mujer.

Como os podéis imaginar, esto no sentó muy bien en los foros anarquistas de Estados Unidos, que comenzaron a llamar chivato y soplón a Bob Black (Loompanics Unlimited, por ejemplo, dejó de editar La abolición del trabajo y otros ensayos y renegó de él). Bob Black nunca ha negado que escribiera la carta a la policía. Es más, con su mordacidad habitual, incluso ha expuesto sus motivos para hacerlo, como, por ejemplo: generar publicidad para el próximo libro de Hogshire, comprobar su afirmación de que el mono de opio es como una gripe, asegurarse de que no vaya a disparar a su mujer la próxima vez que alguien la use de escudo humano y, la más importante para Black, que trató de joderle. Black nunca dio un chivatazo real de un traficante, únicamente quiso perjudicar a alguien que le había apuntado con una escopeta. Vamos que es un cabrón, pero no un chota.

Es cierto que, a simple vista, este percance puede hacer ver a Bob Black como un hipócrita, ya que ha acudido a las fuerzas de seguridad del estado. No obstante, teniendo en cuenta su apego al egoísmo de Stirner y al anarquismo individualista, es más lógico comprender que lo que hizo fue utilizar al estado en su propio beneficio y contra sus enemigos personales (que un anarquista individualista considera tan importantes como su principal enemigo: el Estado). Al fin y al cabo, el no cree en la necesidad y la conveniencia del Estado para dirigir una sociedad, pero no que no pueda utilizar sus recursos en su propio beneficio. Puede que sea una contradicción, pero puede ser una contradicción constructiva.

Lo que está claro es que yo me lo pensaría dos veces antes de meterme con Bob Black, ya sea política, filosófica o personalmente, porque me iba a dar donde más me doliera. Ah, y desde luego comulgo casi al completo con el anarquismo posizquierdista.

Antes que Nietzsche fue Stirner

Posted in Literatura, Miscelánea with tags , , , , , , , , , on 07/03/2013 by La cara de Milos

Su demoledora lógica y sus explosivas críticas han hecho que se le apliquen apelativos como «pensador extravagante» o enfant terrible de la filosofía. En sus trabajos, atacó sin tapujos la religión, la educación o el Estado y las nuevas ideologías que habían surgido tras la Revolución Francesa, sobre todo al nacionalismo, al comunismo/socialismo y a la democracia. Su pensamiento propone una búsqueda hedonista de la libertad individual, basada en el egoísmo y la relatividad moral.

Johann Kaspar Schmidt (1806-1856), nació en Bayreuth, en el estado de Franconia (este de Alemania). Pero el nombre que ha pasado a la historia ha sido el de Max Stirner, pseudónimo con el que firmó sus obras y que hacía alusión a su amplia frente.

Originario de una familia de clase media-baja, logró llegar a estudiar filología, filosofía y teología interrumpidamente en la Universidad de Berlín entre 1826 y 1834. Allí recibiría formación por parte de Hegel, cuya filosofía pretendió ser superada por Stirner, aunque este formara parte del grupo de los jóvenes hegelianos o hegelianos de izquierda, grupúsculo al que también pertenecían Karl Marx y Bruno Bauer.

Max-Stirner

Se instaló en Berlín, donde entró a formar parte del grupo de los libres, un club de tertulias donde coincidió con Marx, Engels y Brauer. En la misma ciudad consiguió un trabajo como maestro en un colegio de señoritas de la alta sociedad alemana, donde pese a sus incendiarias ideas, desempeñó una labor exenta de altercados o conflictos.

Su primer biógrafo, John Henry Mackay, descubrió con decepción que la existencia de Max Stirner, del que imaginaba que habría llevado una vida llena de escándalos y desafíos a la autoridad, había sido de lo más prosaica. Se casó dos veces y no dejó descendencia; apenas tenía amigos; y las pocas referencias sobre su personalidad lo describen como alguien emocionalmente frío, que nunca se enfadaba, reía o mostraba algún síntoma de inquietud espiritual. Cuando murió, el 25 de junio de 1856, era un vagabundo acosado por los acreedores.

El pensamiento de Stirner contempla al individuo como único dueño de su libertad, que no debe amilanarse ante intentos sagrados, legislativos, nacionales o ideológicos de arrebatarle su singularidad. La religión pretende hacerle esclavo de Dios; las leyes de la moral; la nación del Estado; y el liberalismo y el comunismo de concepciones sobre cómo debe funcionar la sociedad ideadas por otros individuos: el Único sólo debe obedecer a sus propios intereses fundando su causa en nada.

De un modo somero estas son las ideas que Max Stirner expuso en su obra más conocida y divulgada, El único y su propiedad (1844), que un par de semanas después de ser publicada fue censurada y secuestrada por el estado alemán. En una época en la que el poder casi divino del rey se veía amenazado por las naciones, el liberalismo y el comunismo… Stirner comenzó de esta manera su libro:

«¡Cuántas causas no debería defender! Ante todo la buena causa, luego la causa de Dios, la causa de la verdad, de la libertad, de la humanidad, de la justicia; además, la causa de mi pueblo, de mi príncipe, de mi patria; finalmente la causa del espíritu y miles de otras causas.»

Respecto a las leyes, no cree que deba cumplir ninguna de ellas dado que tampoco ha reclamado derecho alguno, y cuando se le comentaba que debería de luchar por el bien del pueblo alemán, o de cualquier otro, él contestaba: «El pueblo ha muerto, ¡viva Yo!» La libertad, además, no puede estar racionada, no puede irse consiguiendo pasito a pasito, ya que esto es solo una estratagema para que quienes ostentan el poder (o están deseosos de ostentarlo) prolonguen indefinidamente su mandato. Afirmaba Stirner: «Un trozo de libertad no es libertad.»

max-3

El argumento más visible de toda su obra es que al individuo no debe interesarle nada que se sitúe o pretenda situarse por encima de él, y sus intereses más inmediatos, y obligarle (moral o legalmente) a hacer algo que no quisiera hacer. Por otro lado, resulta obvio tener que decir que el Estado (sea nacionalista, liberal, comunista, medieval, democrático o vegano) es su principal enemigo: «El Estado (cualquiera) llama ley a su propia violencia y crimen a la del individuo.»

El período histórico que le tocó vivir a Max Stirner provocó que su filosofía fuera eclipsada. Cuestionó el nacionalismo cuando Alemania se estaba convirtiendo en nación, y el comunismo cuando este era más atractivo. Pero además, tanto Marx como Engels le criticaron violentamente, por lo que su obra se vio durante mucho tiempo ensombrecida por el contexto cultural en el que había aparecido. Nietzsche, que había leído la obra de Stirner, nunca le nombró como fuente, a pesar de que muchas de sus ideas tenían un claro precedente en El único y su propiedad.

Sin embargo, su obra fue recuperada en períodos posteriores, apareciendo como uno de los filósofos cuyo acervo intelectual ha influido fuertemente en la conformación del pensamiento contemporáneo, en el desarrollo del anarquismo, del nihilismo y en la búsqueda de la libertad. Durante los años ochenta y noventa del siglo XX, por ejemplo, surgió el denominado anarquismo posizquierda, fuertemente influenciado por el egoísmo de Stirner (también llamado anarquismo egoísta, anarquismo individualista o anarquismo nihilista), de quienes sus máximos representantes, como Bob Black o Hakim Bey, son claramente deudores de lo expuesto en El único y su propiedad.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 967 seguidores